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miércoles, 23 de enero de 2013

HACES DE LUZ (5ª PARTE)


Dado el éxito que esta teniendo y que ahora mismo a la historia le queda bastante que contar he decidido alargarla un poquito más, espero os siga gustando. Por otra parte ahora mismo me encuentro escribiendo otro relato que poco tiene que ver con lo que habéis leido de mí... no cuento nada más pero cuando acabe Haces de Luz comenzará sin pausa el nuevo.

Como siempre muchas gracias por leerme.



HACES DE LUZ (5ª PARTE)

Sus padres ya se han ido no sin antes advertirle que se porte bien y que cuidé de su abuelo, ella sin ganas y con evidentes muestras de cabreo responde que si a todo y procura que en sus besos se note su enfado. Y ahí están, los dos sentados en la gran mesa de la cocina, su abuelo con los ojos aún llorosos y con unas negras ojeras que se mezclan con las arrugas de su cara. Ambos se miran, ninguno habla, Aurora coge su móvil, por supuesto esta sin cobertura, 15 días encerrada en esta casa, 15 días cuidando de un hombre al que no conoce, 15 días guardando libros y ropas en cajas que permanecerán apiladas en el desván durante años.

Aurelio no puede mirar a su nieta, le recuerda demasiado a ella, a su Aurora. Cada vez que sus miradas se cruzan sus ojos se inundan e intenta quitar la vista lo antes posible. Además ya se ha dado cuenta de que la niña no quiere estar aquí, desprecia el pueblo y todo lo que en él hay, y que más da que se marche y que me deje aquí tranquilo, nadie le ha pedido que se quede, piensa el viejo para sí.

-       ¿Querrás comer algo?- pregunta Aurelio aún enfadado con sus pensamientos.

-       No - responde fríamente la niña sin apenas mirarlo

-       ¿Te vas a pasar 15 días sin comer? Bueno haz lo que quieras. Yo tampoco tengo hambre.

El viejo sale de la cocina y se va al salón, la niña no levanta la cara de su móvil sin cobertura. La noche pasa lenta en la casona, el frío cubre las lagrimas de los dos, uno llora por la soledad, por el ser querido que se fue, la otra llora por la incomunicación por la necesidad de hablar.

El frío impide dormir a Aurora, la manta no le cubre el cuerpo y debe elegir si dejar la cara al aire o los pies, tiene miedo, oye la contraventana chocar, una y otra vez. Coge el móvil, sabe que no funciona pero necesita la pantalla iluminada, escribe mensajes que sabe que no podrá enviar, le cuenta a sus amigas el día, la noche y lo que pasará mañana, habla de chicos, de fiestas y de clase y después borra el texto.

La soledad impide dormir a Aurelio, el otro lado de la cama esta frío, demasiado frío. La almohada aún huele a ella, él no puede dejar de mirarla, impregnarse de su aroma. Recuerda la mano de Aurora recorriéndole la cara, se ve a sí mismo besándole la frente. Comienza a hablar, le cuenta a la almohada lo bien que ha salido todo, lo guapa que esta su nieta, pero ante todo le dice lo mucho que la echa de menos.

Los haces de luz indican el amanecer, la noche ha sido larga para los dos ninguno ha dormido.

martes, 15 de enero de 2013

HACES DE LUZ (SEGUNDA PARTE)

Continuamos con Aurelio y Aurora, la segunda parte de la historia comenzada ayer, espero os siga gustando.





HACES DE LUZ (SEGUNDA PARTE)

Pero sigamos con lo que nos interesa, nos habíamos quedado con Aurelio despertando ante la atenta mirada de Aurora, Aurelio ha conseguido sentarse en la cama, sus viejos músculos ya no le permiten hacer movimientos bruscos y el solo hecho de levantarse se convierte en una jornada de gimnasio. Sentado en la cama busca sus pantuflas y tras pisar el frío suelo de losa en varias ocasiones consigue ponérselas. Antes de levantarse busca la mirada de Aurora, pero ella se hace la dormida, Aurelio sonríe para sí, y con gran esfuerzo consigue besarle la frente, aún recuerda la primera vez que beso aquella frente que no siempre estuvo arrugada. Fue en un baile, ella era una niña, él ya había terminado el servicio militar, ella reía con sus amigas mirando a los mozos, él bebía una bota de vino, ella le miró, el se ruborizo, ella se acerco a buscar algo, él se arriesgo, sesenta años más tarde Aurelio termina de besarle la frente y comienza a bajar las escaleras del viejo caserón.

Ahora es Aurora la que comienza a incorporarse, ella es menuda y su cuerpo es más ágil, sus pequeños pies ya pisan el suelo, un saltito por la sensación de frío y ya esta de pie, la camisola blanca le cubre el cuerpo, coge una bata que antaño fue marrón y se protege del frío de la habitación. Comienza a bajar los escalones de madera, tan solo la luz de la ventana iluminan la bajada, ¿Cuándo arreglará la bombilla? Se pregunta. Abajo la vieja cocina, vieja pero con todos los artilugios que a lo largo de los años le han ido regalando sus hijos, que si el friegaplatos, el microondas… ella no usa nada de eso, coge una vieja cacerola y comienza a calentar la leche para el café de Aurelio.

Aurelio lleva un rato sentado, leyendo el periódico de hace varios días, mientras Aurora procede con su rutina diaria, hacer tostadas, calentar la leche, poner la mesa. De vez en vez Aurelio levanta la mirada y la observa absorto,  ¿cómo puede tener esa vitalidad?, se pregunta. Ella no para, corre de un lado al otro de la cocina, cuando no se quema una tostada, se derrama la leche y cuando la mañana sucede tranquila Aurora se aburre.

Aurelio termina de desayunar, Aurora aún no se ha sentado, Aurelio no ha parado de hablar del largo día que le espera, primero recoger las lechugas y los tomates, después dar de comer a los cerdos, porque alguien tendrá que hacerlo, después coger el tractor. Todos los días Aurelio le cuenta lo mismo, todos los días las mismas tareas, todos los días Aurora le escucha sin pestañear.

Aurelio se marcha, la casa se queda muda, Aurora por fin se sienta y desayuna, en silencio, mira la silla vacía de su amado, mira las sillas vacías de sus hijos, recuerda aquella misma cocina muchos años atrás, gritos, peleas, Ramiro siempre chinchando a sus hermanos pequeños, ¡Ay Ramiro porque se alistaría en el ejercito! Recuerda a sus niños corriendo alrededor de la mesa, recuerda los cuentos de Aurelio al lado de la chimenea de la sala, los niños lo escuchaban como si el mismo Dios les hablará y ella también le escuchaba así. También recuerda el momento en que Ramiro se fue para no volver nunca, el día de la despedida, no ha llorado nunca tanto como el día en que él se fue, ni siquiera con los niños que nacieron muertos por obra divina, las madres tienen ese sentido para saber que no van a volver a ver a sus hijos.

Pero ahora la casa esta vacía, tan solo las moscas la visitan en alguna ocasión, no recuerda la última vez que vio a sus nietos, tan solo Alfonso viene de vez en cuando, siempre solo, sin mujer y sin niños, solo él. Se queda poco tiempo, come un buen estofado y se marcha, no da tiempo de hablar, ni de sentarse en la vieja sala al lado de la chimenea, todo va demasiado rápido piensa Aurora.


lunes, 14 de enero de 2013

HACES DE LUZ

Comenzamos la semana con una nueva historia, tras acabar el relato de Luis, esta semana conoceremos nuevos  personajes que espero que os guste y os interesen. Para mi este es uno de mis mejores relatos así que espero que lo disfrutéis. Por cierto los cortes de los capítulos los he hecho un poco cuadrando pero no son así en el original, por lo que no hay cliffhangers como en el anterior texto...



HACES DE LUZ (1ª Parte)


Haces de luz entraban en la oscura habitación, los muebles de madera comenzaban a iluminarse y los grandes bodegones que cubrían las paredes se clareaban poco a poco.

En la cama Aurelio se desperezaba, los viejos dedos frotaban sus ojos cubiertos por legañas, Aurora  no lo perdía de vista, soportaba inmóvil los bruscos ademanes de Aurelio y tan solo observaba. Miraba aquella nuca que le había acompañado los últimos sesenta años de su vida, ¡sesenta años! Se habían conocido siendo ella una niña y ahora mírenla, una anciana a la que le costaba bajar a la cocina de la vieja casona.

Aurora recordaba aún cuando conoció a Aurelio, tenía dieciséis años y era el chico más guapo del pueblo, el pelo rubio, ahora canoso, y unos ojos claros que volvían locas a todas las chiquillas, esos ojos, ahora cubiertos de legañas y con principio de cataratas que aún la estremecían. Y es que Aurora amaba a Aurelio, le amaba desde la primera vez que le vio y siempre supo que él sería el hombre con el que se casaría y con el que tendría su camada.

Aurora era una mujer bella a su manera, menuda, morena, con unos ojos pequeños y oscuros que denotaban su curiosidad acerca del mundo. En un principio Aurelio no sabía de su existencia, era una niña siete años menor, pero poco a poco, aquella niña se las apaño para adueñarse del corazón del joven galán.

En aquellos años el pueblo estaba lleno de vida, una pequeña carretera les unía con la capital y las granjas y tierras de cultivo disponían de gran cantidad de trabajadores. Nunca fue un pueblo grande, pero se respiraba vida, los mozos y mozas de otros pueblos iban a las verbenas y los días de mercado costaba caminar por la Calle Mayor. Poco a poco el pueblo, al igual que los lugareños fue envejeciendo, los hijos de los mozos y mozas que antes bailaban marcharon a la capital y los jóvenes se convirtieron en viejos y los viejos en lapidas de cementerio. Ya solo quedaban Aurelio y Aurora, sus hijos se habían marchado años atrás, y tan solo ellos daban vida al pueblo, tan solo ellos caminaban por sus calles, tan solo ellos respiraban su aire puro, el pueblo se convirtió en su casa y ellos en sus propietarios.