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lunes, 21 de enero de 2013

HACES DE LUZ (CUARTA PARTE)

Bueno comenzamos una nueva semana y continuamos con la historia, creo que acabaremos en dos publicaciones más, espero os siga gustando. Muchas gracias por vuestra atención.





HACES DE LUZ (CUARTA PARTE)

Nadie habla en el interior del coche, Aurora mira a sus padres, él no ha dejado de llorar en toda la noche. El viaje hasta el pueblo es largo, hace años que no va, debía de tener siete u ocho años la última vez que recorrió ese camino. Su Ipod le impide oír lo que dicen sus padres, no le importa, ahora mismo debería estar en casa de Esther hablando de chicos, pero no, tiene que ir al estúpido pueblo al funeral de su abuela, a la que hace nueve años que no veía. Además su padre se ha empeñado en que los próximos días los pase con el Abuelo.

-       Es injusto no quiero quedarme 15 días en el pueblo
-       Te vas a quedar, si o si, has suspendido 5 y además ayudas a tu abuelo a recoger sus cosas para venirse con nosotros- Dice su madre
-       Pero ¿por qué no puedo estudiar en casa?
-       Ya lo hemos hablado- cierra la conversación su padre.

Sus hermanos pequeños no dejan de incordiar y golpean sus brazos cada poco, ella se enfada y los empuja, Os queréis estar quietos de una vez, grita su padre, y tu Aurora deja de joder a tus hermanos y baja la música que te vas a quedar sorda. Aurora baja la mirada e ignora a su padre, su movil vibra en su bolsillo, otro whatsapp, Jordi quiere quedar con ella esta noche, mierda, mierda, mierda piensa Aurora y por décima vez en lo que va de día odia a su padre. Dios es que nadie puede estar peor que yo piensa la adolescente.

Aurelio mira la cama deshecha, un día hace desde que su Aurora se marcho y lo dejo solo, su mirada enturbiada por las lagrimas y las cataratas le impide ver con claridad.

El día es nubloso, caen pequeñas gotas de lluvia en las cabezas de los asistentes al entierro, Aurelio no puede quitar la vista de la tumba de su mujer, a su lado Alfonso, su nuera y sus nietos. Su nieta Aurora también se encuentra allí, hacía años que no la veía, se ha convertido en una mujercita, pequeña, morena la viva imagen de su abuela.

Poco a poco las paladas de arena cubren el ataúd, su mujer se ha ido sin despedirse, silenciosa como siempre, ahora él solo se dispone a pasar los últimos días de su vida, pero Alfonso se empeña en llevárselo, la pequeña se quedará con él y le ayudará a recoger todo durante estos días además de hacerle compañía. Desde cuando Alfonso puede decidir por él, desde cuando ese desagradecido decide lo que Aurelio hace o deja de hacer, pero ya no tiene fuerzas para discutir y resignado acepta el plan de su hijo. 

jueves, 17 de enero de 2013

HACES DE LUZ (TERCERA PARTE)


Continuamos con el relato, que por lo que se me comenta os esta gustando, como veis este va rápido el único problema es que no se si terminarlo con el próximo capítulo o continuar con la historia... bueno ya veréis como va surgiendo.

Muchas gracias por vuestro apoyo



HACES DE LUZ (TERCERA PARTE)

El día pasa lento en el pueblo, Aurelio ya ha terminado de dar de comer a los animales y se dispone a coger el viejo tractor, mira a su pueblo desde la cabina, un pueblo fantasma, no hay ruidos, no hay niños, no hay nada, tan solo quedan ellos y parece que no por mucho tiempo. Aurelio también recuerda, el silencio del pueblo ayuda a rememorar, además no hay mucho que hacer. Aurelio se ve el día de su boda, en la iglesia y los bautizos y las comuniones, Aurora siempre fue muy creyente, a él nunca le importo demasiado lo que contaban los curas. Recuerda sus partidas en el bar con el Herminio y Eustaquio. Recuerda la parada de autobús donde dejo a Ramiro la última vez que le vio. Orgulloso de que su hijo se hiciera militar, sería un héroe y llevaría su apellido a lo largo del mundo, pero su hijo cayo pronto y el corazón de Aurelio sufrió su primer infarto.

El sol cubre los campos de trigo, el pelo gris de Aurelio resplandece y las pequeñas gotas de sudor realizan carreras a lo largo de su cara. Aurelio esta sofocado, ya no es joven y el trabajo sigue siendo duro. Ojala estuvieran mis hijos para ayudarme, piensa el viejo. Pero no, hace años que se fueron y tan solo quedan sus llamadas y sus postales de UNICEF por Navidad. Pandilla de ingratos, se enfada Aurelio, pero quien puede culparles, el pueblo esta muerto y tan solo la vida de Aurora lo mantiene en pié.

Poco a poco, el sol recorre el cielo y la oscuridad empieza a ganar la batalla cuando Aurelio vuelve a casa, no ha comido en todo el día, cada vez tiene menos hambre. Aurora ha preparado un guiso que Aurelio lucha por comer entero. Aurelio no deja de hablar en todo el rato, cuenta como ha pasado el día, lo duro que es su trabajo, mezcla los recuerdos con anécdotas antiguas, Aurora lo mira, se da cuenta de que su discurso es inconexo, ya no tiene la verborrea de antes, pero sigue siendo su Aurelio, tras esa capa de arrugas, debajo de esos cabellos canosos aún esta él, incansable, imaginativo, hermoso, ese Aurelio de sus recuerdos que la sedujo a los dieciséis y a los setenta y seis la sigue enamorando. Aurelio no cesa de hablar, ahora vuelve a contar cuando fueron a la casa del tío Eustaquio a robar una gallina, el teléfono suena, Aurora se sobresalta, hace días que no sonaba. Es Alfonso, vendrá el martes, para firmar unos papeles, no quiere hablar con Papa, los tonos suenan al otro lado, Aurora le dice te quiero.

La noche lo cubre todo, Aurelio y Aurora sentados en la sala, la chimenea apagada, él ya no tiene fuerzas para ir a cortar leña, la tele desenchufada. Aurelio sigue hablando, Aurora no puede dejar de pensar en sus hijos, en como lleva meses sin ver a Alfonso, recuerda a sus nietos, ya deben de estar enormes. Piensa en el momento en que Alfonso les dijo que se fueran del pueblo, el momento en que estuvieron a punto de venderlo todo para irse a vivir a una pequeña casita a las afueras de la ciudad, Aurelio se negó, no podía soportar la idea de abandonar su casa, sus campos, sus animales y Aurora como siempre aguanto fiel, la negación de Aurelio provocó el enfado de Alfonso hacia años que no hablaba con su padre y cuando lo hacía no  mostraba el menor cariño. A ella no le hubiera importado marcharse con su hijo y sus nietos, porque para ella el pueblo no era algo físico, ella quería estar con los suyos y según se fueron marchando, el pueblo se fue con ellos. Ahora ya solo quedan los dos, no hay partidas en el bar, no hay niños que jueguen en las calles, por no haber ya no hay ni misa los domingos… pero Aurora no puede decir que este triste, la vida con el viejo que se sienta a su lado es más que suficiente, aunque en ocasiones le gustaría volver a oír risas, carreras por los pasillos y grandes discusiones acerca de a quién le toca poner la mesa.

Aurelio se levanta para irse a dormir, se encuentra cansado, cada vez se acuesta antes pero no puede dormir, se pasa las noches en vela, dando vueltas a la cama y cuando por fin duerme los haces de luz vuelven entrar por la ventana. Aurora le sigue, suben lentamente las escaleras. Ambos se ponen sus ropas de dormir, no llegan a desnudarse del todo, hace años que no ven el cuerpo del otro, hace años que no hacen el amor, pero no les hace falta, su amor ya no esta basado en el contacto brutal de las noches de pasión, su amor esta hecho de pequeños roces de pies en la oscuridad de la noche, de besos en los parpados, de miradas furtivas sin que el otro se de cuenta, su amor esta hecho de rutina y cariño.

La noche pasa lenta para Aurelio, escucha los gruñidos de la casa, los golpes de la contraventana que quedo abierta en la cocina, las respiraciones de Aurora, lo oye todo y quisiera no oír nada, porque ya no duerme como antes, cuando era joven daba igual la cama o el suelo el dormía placidamente ocho, diez, doce horas, ahora daría lo que fuera por dormir más de dos.

El día llega, Aurelio se despierta, más dolorido que el día anterior pero mucho menos que el siguiente, empieza de nuevo el ritual de movimientos, pero hoy no es un día normal, hoy nadie mira a Aurelio, nadie recuerda el pasado, nadie respira a su lado. 

martes, 15 de enero de 2013

HACES DE LUZ (SEGUNDA PARTE)

Continuamos con Aurelio y Aurora, la segunda parte de la historia comenzada ayer, espero os siga gustando.





HACES DE LUZ (SEGUNDA PARTE)

Pero sigamos con lo que nos interesa, nos habíamos quedado con Aurelio despertando ante la atenta mirada de Aurora, Aurelio ha conseguido sentarse en la cama, sus viejos músculos ya no le permiten hacer movimientos bruscos y el solo hecho de levantarse se convierte en una jornada de gimnasio. Sentado en la cama busca sus pantuflas y tras pisar el frío suelo de losa en varias ocasiones consigue ponérselas. Antes de levantarse busca la mirada de Aurora, pero ella se hace la dormida, Aurelio sonríe para sí, y con gran esfuerzo consigue besarle la frente, aún recuerda la primera vez que beso aquella frente que no siempre estuvo arrugada. Fue en un baile, ella era una niña, él ya había terminado el servicio militar, ella reía con sus amigas mirando a los mozos, él bebía una bota de vino, ella le miró, el se ruborizo, ella se acerco a buscar algo, él se arriesgo, sesenta años más tarde Aurelio termina de besarle la frente y comienza a bajar las escaleras del viejo caserón.

Ahora es Aurora la que comienza a incorporarse, ella es menuda y su cuerpo es más ágil, sus pequeños pies ya pisan el suelo, un saltito por la sensación de frío y ya esta de pie, la camisola blanca le cubre el cuerpo, coge una bata que antaño fue marrón y se protege del frío de la habitación. Comienza a bajar los escalones de madera, tan solo la luz de la ventana iluminan la bajada, ¿Cuándo arreglará la bombilla? Se pregunta. Abajo la vieja cocina, vieja pero con todos los artilugios que a lo largo de los años le han ido regalando sus hijos, que si el friegaplatos, el microondas… ella no usa nada de eso, coge una vieja cacerola y comienza a calentar la leche para el café de Aurelio.

Aurelio lleva un rato sentado, leyendo el periódico de hace varios días, mientras Aurora procede con su rutina diaria, hacer tostadas, calentar la leche, poner la mesa. De vez en vez Aurelio levanta la mirada y la observa absorto,  ¿cómo puede tener esa vitalidad?, se pregunta. Ella no para, corre de un lado al otro de la cocina, cuando no se quema una tostada, se derrama la leche y cuando la mañana sucede tranquila Aurora se aburre.

Aurelio termina de desayunar, Aurora aún no se ha sentado, Aurelio no ha parado de hablar del largo día que le espera, primero recoger las lechugas y los tomates, después dar de comer a los cerdos, porque alguien tendrá que hacerlo, después coger el tractor. Todos los días Aurelio le cuenta lo mismo, todos los días las mismas tareas, todos los días Aurora le escucha sin pestañear.

Aurelio se marcha, la casa se queda muda, Aurora por fin se sienta y desayuna, en silencio, mira la silla vacía de su amado, mira las sillas vacías de sus hijos, recuerda aquella misma cocina muchos años atrás, gritos, peleas, Ramiro siempre chinchando a sus hermanos pequeños, ¡Ay Ramiro porque se alistaría en el ejercito! Recuerda a sus niños corriendo alrededor de la mesa, recuerda los cuentos de Aurelio al lado de la chimenea de la sala, los niños lo escuchaban como si el mismo Dios les hablará y ella también le escuchaba así. También recuerda el momento en que Ramiro se fue para no volver nunca, el día de la despedida, no ha llorado nunca tanto como el día en que él se fue, ni siquiera con los niños que nacieron muertos por obra divina, las madres tienen ese sentido para saber que no van a volver a ver a sus hijos.

Pero ahora la casa esta vacía, tan solo las moscas la visitan en alguna ocasión, no recuerda la última vez que vio a sus nietos, tan solo Alfonso viene de vez en cuando, siempre solo, sin mujer y sin niños, solo él. Se queda poco tiempo, come un buen estofado y se marcha, no da tiempo de hablar, ni de sentarse en la vieja sala al lado de la chimenea, todo va demasiado rápido piensa Aurora.


lunes, 14 de enero de 2013

HACES DE LUZ

Comenzamos la semana con una nueva historia, tras acabar el relato de Luis, esta semana conoceremos nuevos  personajes que espero que os guste y os interesen. Para mi este es uno de mis mejores relatos así que espero que lo disfrutéis. Por cierto los cortes de los capítulos los he hecho un poco cuadrando pero no son así en el original, por lo que no hay cliffhangers como en el anterior texto...



HACES DE LUZ (1ª Parte)


Haces de luz entraban en la oscura habitación, los muebles de madera comenzaban a iluminarse y los grandes bodegones que cubrían las paredes se clareaban poco a poco.

En la cama Aurelio se desperezaba, los viejos dedos frotaban sus ojos cubiertos por legañas, Aurora  no lo perdía de vista, soportaba inmóvil los bruscos ademanes de Aurelio y tan solo observaba. Miraba aquella nuca que le había acompañado los últimos sesenta años de su vida, ¡sesenta años! Se habían conocido siendo ella una niña y ahora mírenla, una anciana a la que le costaba bajar a la cocina de la vieja casona.

Aurora recordaba aún cuando conoció a Aurelio, tenía dieciséis años y era el chico más guapo del pueblo, el pelo rubio, ahora canoso, y unos ojos claros que volvían locas a todas las chiquillas, esos ojos, ahora cubiertos de legañas y con principio de cataratas que aún la estremecían. Y es que Aurora amaba a Aurelio, le amaba desde la primera vez que le vio y siempre supo que él sería el hombre con el que se casaría y con el que tendría su camada.

Aurora era una mujer bella a su manera, menuda, morena, con unos ojos pequeños y oscuros que denotaban su curiosidad acerca del mundo. En un principio Aurelio no sabía de su existencia, era una niña siete años menor, pero poco a poco, aquella niña se las apaño para adueñarse del corazón del joven galán.

En aquellos años el pueblo estaba lleno de vida, una pequeña carretera les unía con la capital y las granjas y tierras de cultivo disponían de gran cantidad de trabajadores. Nunca fue un pueblo grande, pero se respiraba vida, los mozos y mozas de otros pueblos iban a las verbenas y los días de mercado costaba caminar por la Calle Mayor. Poco a poco el pueblo, al igual que los lugareños fue envejeciendo, los hijos de los mozos y mozas que antes bailaban marcharon a la capital y los jóvenes se convirtieron en viejos y los viejos en lapidas de cementerio. Ya solo quedaban Aurelio y Aurora, sus hijos se habían marchado años atrás, y tan solo ellos daban vida al pueblo, tan solo ellos caminaban por sus calles, tan solo ellos respiraban su aire puro, el pueblo se convirtió en su casa y ellos en sus propietarios.